Claustro
"Todo va a estar bien al final, y si no está bien, no es el fin"
Lennon
"Y mi vida haría a un monje renunciar a su fe"
Los tres
Al final todo era yo, siempre se trató de mí, todos sabían pero nadie me lo decía, tampoco tenían por qué. Ahora que veo muy claramente las consecuencias de ser esto, me da un vértigo tremendo. Siento algo rico en la panza, como llegar a lo más alto en un columpio.
Hay tantas cosas que para este ejercicio no tienen validez, entre ellas, el orden de los acontecimientos, una excusa, por supuesto, a mi memoria selectiva, al mismo hecho de que no importa por donde comience: el final sigue siendo el final aunque lo digo al principio.
A veces no sé cómo contarlo, por sobre todas las cosas, no creo ser especial o diferente al resto, por eso siempre me pregunto cómo hacen todos para sobrevivir, sin cuestionarse, o es que todos se cuestionan o unos se cuestionan más que otros.
Tengo una sonrisa en la cara que no sé justificar, ahora mismo en este sillón, habiendo tantas posibilidades, no puedo dejar de alegrarme porque hago lo que quiero. Estamos de acuerdo, lo que queremos no es necesariamente sano en todas las ocasiones. ¿Cómo explicar esa propensión a destruir, a cruzar las lindes del deseo por la muerte sin morir propiamente tal? Sé que soy muy permisiva conmigo ¿Qué acaso no me lo merezco? ¿No me levanto de lunes a viernes a las 6 am para trabajar? ¿Y si no lo hiciera qué? ¿Lo merecía menos? Son las diez de la mañana de un domingo y no he dormido en toda la noche. Estoy de vacaciones, sola en este departamento que comparto con mi amiga Bárbara. Tan solo quiero contar algo, tan solo si pudiera. Es como pujar eternamente sin nunca dar a luz. Es como Tántalo y su castigo perpetuo. Por eso hoy me perdono, hoy haré lo que quiera aunque tenga miedo. Si me fijo bien no hay nadie vigilando que pueda detenerme. Además, dada mi naturaleza obstinada, intentarlo sería una pérdida de tiempo y un gasto de energía tremendo. En pocas palabras, no me interesa dormir hoy, no sé si mañana me interese, me imagino que el cuerpo necesitará descansar más allá del interés que eso pueda producir. Pero lo que sí sé es que no me quiero sentir mal por esta mañana junto a mí, mis cigarrillos y mi droga. Ya no aguanto más y voy a contarlo todo y esta vez habrán detalles.
Mi vida es tan normal, común a todos. Digamos que poca gente puede darse el lujo de ser diferente. Todos debemos hacer más o menos las mismas cosas. Existir, es decir, tener una identidad (que algunos persiguen incansablemente sin nunca alcanzarla) y trabajar para sostener esa imagen y a la vez materia que creamos de nosotros mismos. O sea, me considero normal en tanto estemos en el terreno de los despojados, los trabajadores que no pueden bajarse nunca de la máquina. En esta larga y angosta herida llamada Chile existe una perturbadora historia de lucha de clases, que sin lugar a dudas determina nuestro porvenir. No es lo mismo ser de aquí que ser de allá. Hay quienes han llamado a este país un oasis en medio de una América Latina convulsionada, pero por favor, ¿han estado realmente acá en este lado? En la podredumbre, la miseria, la tristeza infinita de todas las miradas. No, no voy salir a la calle a ver esa privación de dignidad otra vez. Por eso estoy acá, en mi claustro, pensando cómo lo hacen, cómo hay tanta gente que simplemente sigue, y tienen tanto entusiasmo, tantas ideas, incluso esperanza. Quiero ser como ellos. Soy como ellos, en parte. En parte nunca lo sabré. Es una identidad que compartimos los que estamos de este lado. Yo solo soy una mujer drogada tratando de contar algo.
Desde mi ventana veo la Alameda, justo la esquina con Avenida Portugal. La gente camina desembarazada de todo, es domingo, hay panoramas, queda todo el día. Veo hijas de la mano de sus padres, debe ser el fin de semana que tienen juntos, me da una sensación rara, no llega a ser del todo envidia. Mucho tiempo tuve lástima de mí por ser abandonada de padre, pero ahora me da más lástima la gente que sí tiene. Es mucho mejor no hacerse responsable de relaciones como esas. Ahora entiendo, estoy casi aliviada. Esas niñas tontas que se ríen y saltan junto a ellos me recuerdan que soy libre. Casi aliviada, repito, porque quizás el precio fue muy alto, hacerse sola, no entender si quiera qué es un padre, no tener referentes ni códigos en común. No tener número de emergencia o un hombre, debo decirlo, que me arregle por fin esa luz que no prende. Casi aliviada porque no puedo negar esa pregunta tonta que me hacía de vez en cuando ¿Qué hubiera pasado si...? La respuesta es obvia. Sería otra. Pero ya no quiero ser otra, nunca quise ser esta en primer lugar y a estas alturas no hay remedio, el único remedio es aceptar cuánto me deformó o formó esa experiencia. Cuando pequeña quise tener padre porque todos o gran parte tenían. Además nadie me explicaba nada, era inusual mi situación, las miradas extrañas al ver que mi abuelo iba a buscarme al colegio, las confusiones, lo ilegítimo. Pero hoy disfruto ser esta, con toda mi desmesura, aunque me hayan obligado ahora elijo ser esta. Sé cosas, sé que la persona que soy no es gracias a un hombre condenado, que tenía que ir a buscarme lo domingos por cumplir y llevarme a panoramas que le aburrirían un montón. Además soy libre y no estoy sola, porque esta historia es de nunca acabar, es un clásico de lo más ordinario. Los abandonados somos gregarios, no podemos pasar demasiado tiempo sin el otro, y nos vamos juntando despacito hasta encontrar una certeza. Abandonar es un vicio que las abandonadas no nos permitimos. Somos un club, pero no es secreto. Por último, hay que entender que el abandono es un espectro.
Esta mañana sí estoy sola, pero porque quiero. Les dije a todos que se fueran, que no quería ver a nadie, que no me busquen, no me pregunten nada. Hoy quería tratar de entender de una vez y para siempre qué tiene que ver todo esto conmigo. Por qué yo soy yo, hago las cosas que hago, y cómo eso puede ser tan normal y al mismo tiempo tan insoportable. No dejo de mirar la calle, pero ya me da una sensación de náusea, distinta del vértigo inicial. Es que si no duermo nunca más, ¿Cuándo voy a dormir? No querrán saber qué pasa cuando no duermo, o quizás lo saben, porque habemos millones a los que simplemente no se nos da. La luz me deprime. Uso lentes de sol dentro de la casa. Al final uno se distrae con cualquier cosa para justificar este descriterio. Ahora veo algo. Desde acá se puede observar el frontis del Centro Cultural Gabriela Mistral, el GAM. Si no hubiera sido por ese incendio hace dieciocho años aún serían las semi ruinas del ex edificio Diego Portales. Por años los gobiernos que se sucedían no mostraban ningún interés por restaurarlo y nadie quiso hacerse cargo. Incluso le sirvió de refugio a gente en situación de calle, incluyendo al Divino Anticristo, alto personaje del centro, escritor errante y esquizofrénico que murió en la calle.
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